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Cuba va

"Porque no hay como el amor de madre,
ni maní como el de Reinaldo".

Las llantas del avión cantaron cuando besaron el suelo cubano, pues ¿qué otra cosa se puede hacer, si no cantar, cuando se llega a Cuba? El pequeño aeropuerto se llama José Martí, nombre que servirá a escuelas, centros de investigación, teatros, bibliotecas y todo, porque en Cuba todo está impregnado, todo tiene sabor a Martí.

Por una carretera congestionada de bicicletas y extrañas motocicletas rusas con un carrito al lado (adaptación de la revolución) me acercaba a una de las experiencias más extrañas de mi vida: La Habana. Mi estrecha mente no comprendía, no dimensionaba lo que mis ojos veían. Todo en adelante fue para mí, asombro y maravilla. Esto aquí es otra cosa. Aquí la lógica se transforma en otra, no te engañes.

No te engañes con la señora que cruza la calle con su ropa antediluviana, sus zapatos opacos de años; no creas que es pobreza tercermundista porque esa señora tiene cuatro títulos profesionales, conoce más países que cualquiera de mis compatriotas rasos; sabe hablar inglés, francés, ruso y portugués (lo aprendió cuando alfabetizó en Angola). Ni tampoco te equivoques con ese prieto que cruza el malecón sin camisa, sin zapatos, sonriente con sus grandes dientes blancos; no te equivoques, ayer ganó el torneo nacional de boxeo "Playa Girón".

Entre casas viejas, salen niños de futuro claro como su cielo. El tiempo en la Habana es futuro y pasado. Los automóviles de la época batistiana corren obstinados (como si ellos quisieran ser parte de la revolución) junto a los Lada y Moskovich de las mejores épocas; juntos observan desconcertados la llegada de sus nuevos congéneres Mercedes, Volvos, Mazdas, que trajo la apertura.

En mansiones con la pintura desteñidas de salitre, salen niños, mujeres, hombres, ancianos, sale el pueblo, sale el sol. Vive el pueblo donde antes lo hacía la oligarquía, pero entre ruinas de viejas y tristes épocas, se levanta el hombre nuevo, hermoso, alegre, festivo, siempre dominical.

Los niños y jóvenes, que estudian gratis en las escuelas del estado, visten pañoletas rojas, cantan y bailan por las calles. Los mayores les llaman "pioneros", entregándoles la responsabilidad histórica de ser los continuadores aguerridos del socialismo. En días de elecciones democráticas son ellos los que vigilan las urnas, pues ¿quién podría ser más honesto que un pionero?

El cubano se queja, el cubano critica, cubano cuestiona, pero no maldice. El cubano siempre inconforme con el cubano. ¡Ah!, pero si alguien habla mal de Cuba, cuando difaman, cuando los gringos pisotean, el cubano es Cuba entera y no hay quien pare con eso, porque para acabar con la Cuba Socialista habrá que matar hasta el último revolucionario del este caimán verde.

Y ahora, para la felicidad de muchos, confirmo lo que dice la prensa contrarrevolucionario y reaccionaria internacional:

Allí se pasan dificultades,
allí a veces se pasa hambre,
allí se come "malangas"*
allí la ropa es escasa,
allí, el transporte es un "camello"*,
allí hay jineteras,
allí hay mucho chícharo y poca carne...

Pero allí, en la Cuba de Vicente, Maceo, Martí y Guillén, yo, Lizardo Carvajal, en esa Cuba fui feliz.

 

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